El Mundial de fútbol de 2002 se jugaba en Corea y Japón. Todos los aficionados de bien olvidamos los continuos fracasos de nuestra Selección y volvimos a soñar con que por fin podíamos ganar el Mundial. Todos menos Rubín, talentoso gallego, experto en llevarle la contraria al universo. En una sobremesa soltó la bravuconada de que si España pasaba de cuartos, él se bebía 3 litros de orujo. Como, pese a todas las advertencias se hizo fuerte en su bravata, hicimos esta campaña invitando al mundo a ver como un gallego se bebía 3 litros de orujo por bocas, tanta era la fe que teníamos en la Roja. Creamos merchandising y una web que actualizábamos a medida que se acercaba el evento. La web consiguió miles de entradas de todo el mundo, salimos en la tele, en la radio, en la prensa. El realizador Aixalá patrocinó una ambulancia para el evento. Un colegio de médicos juró demandarnos por homicidio inducido si el chaval se bebía el orujo. Y entonces el árbitro nos robó un gol legal a todas luces para que los anfitriones coreanos pasaran otra ronda. El orujo nos lo bebimos entre unos pocos y lo que sobró lo utilizamos para desatascar las cañerías de casa.