Todas las marcas, desde la más grande a la más pequeña, tienen un alma. El alma es lo que hace cada marca única y diferente y le viene dada, entre otros muchos factores, por  su creadores, fecha y lugar de nacimiento, su verdadera vocación, dónde radica su belleza, su empatía o su utilidad. No obstante, el alma de una marca no es algo inmutable porque las marcas son seres vivos y como seres vivos requieren atenciones: necesitan ser alimentadas, necesitan comunicarse, necesitan cuidados. Las marcas pueden estar sanas o pueden estar enfermas, pueden estar creciendo o pueden estar cercanas a su muerte (o reencarnación).


Hoy los consumidores tienen cada vez más oferta, más y mejor acceso a la información y mayor capacidad para interactuar con las marcas. Esto se va a traducir en un consumidor cada día más soberano de sus elecciones y que se va a decantar por marcas con almas más “afines” a la suya.


Consciente e inconscientemente nos rodeamos de marcas cuya alma se acerca a lo que

somos y, sobre todo, a lo que nos gustaría ser.


Yo trabajo en la construcción de marcas, en la construcción y “cuidado” del alma de esas marcas.


Lo hago con ideas. Ideas que se transforman en un nombre, en un territorio, en una filosofía, en un anuncio, en un producto, etc... Ideas que responden siempre a una estrategia. Ideas que trabajan desde la originalidad y la coherencia para crear eso: marcas originales y coherentes. Marcas que latan con nuestro tiempo, con nuestras inquietudes y con nuestros sueños.